Ayudar a otros trae consuelo a una madre desplazada en Cabo Delgado

A medida que el desplazamiento causado por la violencia aumenta en el norte de Mozambique, las personas atrapadas en la crisis muestran solidaridad y resiliencia ante las adversidades.

María (de amarillo) con sus hijas y otros miembros de la familia en un centro de tránsito en Pemba, Mozambique.
© ACNUR/Martim Gray Pereira

María se ha visto obligada a huir de su casa dos veces. En marzo de 2020, escapó a la ciudad costera de Palma luego de que grupos armados irregulares atacaran su aldea en Mocimboa da Praia, en el norte de Mozambique. Ahora, un año después, ha tenido que huir otra vez, dejando todo atrás después de que Palma fuera atacada el 24 de marzo.


La mujer de 31 años y madre de tres hijos, estaba trabajando en el campo, atendiendo la finca de yuca y arroz de la familia, cuando su esposo la llamó para decirle que la ciudad estaba siendo atacada, que tomara a sus tres hijas y huyera. Salieron hacia la playa.

“Caminé y nadé en el agua. Tenía que llevar a mis hijas a un lugar seguro”, recuerda María. “Pude ver a otras personas luchando en el agua, algunas no lo lograron. Fue terrible”.

Después de unos 15 minutos, llegaron a la costa y viajaron durante dos días para llegar al próximo pueblo de Quitunga, a unos 15 kilómetros al sur de Palma, donde se quedó con familiares.

“Tuvimos la suerte de tener un techo sobre nuestras cabezas y comida para las niñas, ya que muchas familias simplemente dormían en las calles sin nada”, señala. María no tenía noticias de la seguridad ni del paradero de su marido, y todas las comunicaciones desde Palma estaban completamente cortadas.

“Tenía que llevar a mis hijas a un lugar seguro”.

Después de tres días en Quitunga, el sonido de los disparos llenó el aire: era hora de volver a correr. La familia partió en una embarcación y llegó a principios de abril a Pemba, capital de la provincia de Cabo Delgado.

La mayoría de las personas recién llegadas se quedan con amistades y familiares, pero María, que no tiene parientes en Pemba, se aloja con otras 250 personas desplazadas por la fuerza en una instalación deportiva adaptada por el gobierno como centro de tránsito.

Desde el 24 de marzo, más de 19.000 personas han huido de Palma a las localidades de Nangade, Mueda, Montepuez y Pemba. Se cree que miles más están desplazadas dentro del distrito de Palma. Cerca de 700.000 personas, principalmente mujeres, niñas, niños y ancianos, se encuentran desplazadas internamente en las provincias de Cabo Delgado, Niassa, Nampula, Sofala y Zambesia, como resultado de los recurrentes ataques y violencia por parte de grupos armados irregulares, desde octubre de 2017.

María (izquierda) en un centro de tránsito para personas mozambiqueñas desplazadas por los ataques en Palma; en Pemba, provincia de Cabo Delgado.

María (izquierda) en un centro de tránsito para personas mozambiqueñas desplazadas por los ataques en Palma; en Pemba, provincia de Cabo Delgado.   © ACNUR/Martim Gray Pereira

ACNUR, la Agencia de la ONU para los Refugiados, ha estado proporcionando servicios de protección y artículos de primera necesidad como colchonetas y mantas para los residentes en el centro de tránsito, además de examinar y verificar los detalles de las llegadas e identificar a las personas más vulnerables que necesitan asistencia urgente.

En las dos semanas que ha estado aquí, María se ha ofrecido como voluntaria con ACNUR para ayudar a organizar las discusiones con los recién llegados y explicar la importancia de la COVID-19 y las medidas de prevención del cólera a otras mujeres. También ayuda a identificar a las sobrevivientes de violencia de género y las canaliza a ACNUR para que reciban asistencia.

“Me siento recompensada con este trabajo. He aprendido mucho sobre el empoderamiento de las mujeres y cómo cuidarnos mejor. Ahora quiero compartir este conocimiento con otras personas para que puedan mejorar sus vidas”, explica.

Todas las mañanas, prepara cubetas de agua para que las personas se laven las manos, como parte de las medidas de prevención de la COVID-19. Dice que ha notado mejoras en las prácticas de higiene entre la población desplazada como resultado de los encuentros con los grupos focales y las sesiones de capacitación.

“No es fácil cambiar el comportamiento de las personas, pero poco a poco, más mujeres y hombres se preocupan por la higiene. Es realmente importante prevenir la propagación de enfermedades, especialmente en lugares concurridos”, agrega.

María participó en una capacitación sobre prevención de la explotación y el abuso sexual, y ayuda a traducir material de sensibilización del inglés al kimwani, el idioma que se habla en Palma.

“Me siento recompensada con este trabajo”.

Margarida Loureiro, Jefa de la Oficina de ACNUR en Pemba, subraya el papel fundamental que desempeñan las personas voluntarias como María.

“Por mucho que trabajemos para la comunidad, también trabajamos con la comunidad. Para nosotros es clave involucrar a las personas desplazadas y las comunidades de acogida, para comprender completamente sus necesidades”, explica.

Aunque María está plagada de una preocupación constante por la seguridad de su esposo, está tratando de ser fuerte por sus hijas, de 5, 13 y 15 años, quienes dice que extrañan terriblemente a su padre. No tiene planes sobre qué hacer, pero su prioridad es reunirse con su esposo.

“Todos los días cuando despierto, realmente espero encontrarlo en la puerta del centro de tránsito en buenas condiciones”, comparte.

Por ahora, se alegra de estar a salvo con sus hijas, de las que espera “algún día reanudarán la escuela y tendrán la oportunidad de elegir su futuro”.