El cambio climático y los conflictos persiguen a los burkineses desplazados

En Burkina Faso, las personas desplazadas luchan por encontrar un refugio de la violencia y los efectos del calentamiento global.

Sambo Maiga y algunos de sus familiares en su alojamiento en Kongoussi.

Sambo Maiga y algunos de sus familiares en su alojamiento en Kongoussi.  © ACNUR/Anne Mimault

Sambo Maiga, de 49 años, recuerda con cariño la amplia extensión de tierra que solía cultivar en la aldea de Taouremba, en la región del Sahel, de Burkina Faso. Su granja de seis hectáreas, con sus rebaños de ovejas y cabras, sus cultivos de mijo, sorgo y sésamo, habían sustentado a su familia durante medio siglo.


Eso comenzó a cambiar hace unos nueve años, cuando ya no podía confiar en las lluvias estacionales. Aunque no sepa mucho sobre el cambio climático, recuerda lo que le ocurrió a su granja: los árboles de karité y acacia murieron, el prado donde sus animales pastaban se secó, y las cosechas de sus campos se volvieron cada vez más escasas.

Tras un intento infructuoso en 2018 de buscar mejores oportunidades en la vecina Côte d’Ivoire, Maiga regresó a casa. Poco después, hombres armados mataron a tiros a miembros de una brigada voluntaria de defensa local, en Taouremba, y Maiga huyó con sus dos esposas y 12 hijos. Desde entonces, la familia se ha trasladado de pueblo en pueblo en busca de seguridad.

“La tierra ya no es fértil como antes”.

“La tierra ya no es fértil como antes”, dijo Maiga, sentado junto a un puesto donde vende galletas y cigarrillos en la ciudad de Kongoussi, en la región Centro-Norte.

Sus esposas e hijos están fuera del alojamiento de plástico duro que ACNUR, la Agencia de la ONU para los Refugiados, le dio a la familia después de que fuertes lluvias fuera de temporada arrasaran con su carpa y sus pertenencias, el pasado abril. Los hogares temporales de unas 80 familias desplazadas en la ciudad fueron destruidos durante las inundaciones.

“Gracias a Dios nadie murió”, explica Maiga. 

Con el rebaño familiar de ovejas y cabras reducido de 35 a dos por la falta de alimentos adecuados, sus hijos que no están en la escuela y sin tierra para cultivar, Maiga se encuentra agobiado por las preocupaciones.

“Aquí no hay nada que pueda hacer para mantener a mi familia”, dijo.

Si bien los analistas dudan en establecer vínculos directos entre el cambio climático y el conflicto en curso en Burkina Faso, algunos de los peores actos de violencia y desplazamiento se han producido en las zonas más pobres y afectadas por la sequía, donde los grupos armados se han aprovechado de las tensiones por el acceso a fuentes de agua cada vez más escasas y la reducción de tierra cultivable.

Según datos oficiales, la mayoría del más de un millón de personas desplazadas dentro del país procede de las regiones de Sahel y Centro-Norte, afectadas por la sequía, y se ha asentado en otras áreas de las mismas regiones.

“La competencia por los escasos recursos naturales puede perjudicar la coexistencia pacífica y puede conducir a una mayor inestabilidad”, señala Shelubale Paul Ali Pauni, Representante de ACNUR en Burkina Faso.

Lassane Sawadogo, profesor de geografía de la Universidad de Uagadugú, explicó que el empeoramiento de la calidad del suelo y los cambios en las pautas de las precipitaciones están dificultando cada vez más la siembra y el cultivo para los agricultores.

“La temporada de lluvias solía comenzar en junio; ahora realmente comienza a finales de julio”, añadió.

  • Sambo Maiga vende pequeños artículos en un puesto frente a su alojamiento en Kongoussi.
    Sambo Maiga vende pequeños artículos en un puesto frente a su alojamiento en Kongoussi. © ACNUR/Anne Mimault
  • Alojamientos para personas desplazadas internamente en un asentamiento en Kongoussi, en el norte de Burkina Faso, donde las carpas fueron arrasadas por las fuertes lluvias de abril de 2020.
    Alojamientos para personas desplazadas internamente en un asentamiento en Kongoussi, en el norte de Burkina Faso, donde las carpas fueron arrasadas por las fuertes lluvias de abril de 2020. © ACNUR/Anne Mimault
  • Alojamientos de plástico duro ahora albergan a las familias desplazadas cuyas tiendas y pertenencias fueron arrasadas por las fuertes lluvias.
    Alojamientos de plástico duro ahora albergan a las familias desplazadas cuyas tiendas y pertenencias fueron arrasadas por las fuertes lluvias. © ACNUR/Anne Mimault
  • Mamouna Ouédraogo fue desplazada de su ciudad natal hace más de un año. Vive con su suegra y sus siete hijos, entre ellos Alexandre, de un año, en Kaya (Burkina Faso).
    Mamouna Ouédraogo fue desplazada de su ciudad natal hace más de un año. Vive con su suegra y sus siete hijos, entre ellos Alexandre, de un año, en Kaya (Burkina Faso). © ACNUR/Anne Mimault
  • Mamouna Ouédraogo y su familia se mudaron a esta pequeña casa de barro después de que su refugio fuera arrastrado por lluvias torrenciales en septiembre de 2020, pero tienen dificultades pagar el alquiler.
    Mamouna Ouédraogo y su familia se mudaron a esta pequeña casa de barro después de que su refugio fuera arrastrado por lluvias torrenciales en septiembre de 2020, pero tienen dificultades pagar el alquiler. © ACNUR/Anne Mimault

Cuando las lluvias finalmente llegan, tienden a ser más intensas que en años anteriores. Las lluvias más fuertes en más de una década causaron inundaciones devastadoras en todo el Sahel en agosto y septiembre.

En Burkina Faso, donde hay cada vez menos disponibilidad de terrenos en las zonas urbanas, las personas desplazadas que se vieron obligadas a asentarse en las llanuras sujetas a inundaciones se vieron particularmente afectadas.

La silueta del diminuto alojamiento que Mamouna Ouédraogo y su marido habían construido en la ciudad de Kaya, a 60 kilómetros al suroeste de Kongoussi, todavía es visible entre un grupo de alojamientos improvisados ensartados con madera y lonas de plástico brindadas por ACNUR.

En septiembre, la endeble casa que habían erigido en terrenos baldíos propensos a inundaciones se derrumbó durante las fuertes lluvias y las pertenencias de la familia fueron arrastradas. Ahora tienen dificultades para pagar los 3.500 francos (6,40 USD) de alquiler mensual de una pequeña casa de barro con suelo de tierra.

ACNUR está ayudando a las familias desplazadas a estar mejor preparadas para las condiciones climáticas extremas, reforzando los alojamientos existentes con sacos de arena y lonas de plástico y proporcionando alojamientos de emergencia, como el en que viven actualmente Maiga y su familia. La agencia también está abogando por la reubicación de las familias que viven en zonas propensas a inundaciones a lugares más seguros.

Además, hay planes para construir alojamientos más duraderos que se adapten mejor al clima local utilizando materiales de construcción tradicionales, como el barro. También se está distribuyendo gas para limitar el impacto producido en el medio ambiente por la recolección de leña.

Ouédraogo, madre de siete hijos, se sorprendió por las fuertes lluvias. Como agricultora que cultivaba maíz, mijo y maní en su ciudad natal de Daké, en el municipio de Dablo, a unos 86 kilómetros al sur de Kaya, la sequía había afectado sus cosechas durante varios años consecutivos.

“Hace cinco años, ya podías empezar a sentir un cambio en el clima”.

“Ya no llueve mucho”, dijo. “Hace cinco años, ya podías empezar a sentir un cambio en el clima”.

La escasez de alimentos y agua estaba empezando a causar tensiones en su comunidad antes de que hombres armados en motocicletas atravesaran el mercado principal de Daké disparando indiscriminadamente, en julio de 2019. Ouédraogo y su familia cargaron sus pertenencias en una carretilla y huyeron al pueblo de Dablo, a siete kilómetros de distancia.

Pero sólo unas semanas más tarde, Dablo se convirtió en el objetivo de varios ataques mortales, incluso en iglesias y mezquitas, y Ouédraogo huyó con su familia una vez más.

Como Maiga y su familia, fueron forzados a huir debido a la violencia y el hambre, antes de establecerse en Kaya. Ahora, Ouédraogo toca a las puertas de toda la ciudad ofreciéndose a lavar ropa por poco dinero, mientras su hija de 18 años vende arroz a un lado de la carretera. Su marido está probando suerte en un sitio de minería artesanal a cuatro horas de distancia por carretera.

“Si no puedo conseguir suficiente trabajo, la pasamos mal”, dijo. “Los niños no entienden lo que pasa y por qué no tienen suficiente comida”.

A medida que se deteriora la situación de seguridad y las personas sigue huyendo de las zonas rurales, donde podrían cultivar sus propios alimentos, los desplazados son cada vez más vulnerables a la escasez de comida. Unos 3,3 millones de personas de una población de casi 20 millones se enfrentan ahora a una crisis alimentaria.

En un informe conjunto del Programa Mundial de Alimentos y la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación se advirtió en noviembre que Burkina Faso es uno de los cuatro países identificados como “zonas problemáticas”, en los que una “combinación nociva de conflictos, recesión económica, fenómenos climáticos extremos y la pandemia de la enfermedad por coronavirus (COVID-19)” está llevando a las personas a una fase de emergencia de la inseguridad alimentaria.

En Kongoussi, las esposas de Maiga a menudo se quejan del recorrido de 13 kilómetros que tienen que hacer a pie para buscar leña para cocinar. Han pasado dos años desde que dejaron Taouremba y el futuro sigue siendo incierto.

“¿Cómo puede ser bueno el futuro si no tienes trabajo?”, dijo Maiga. “Veo a mi familia sufriendo, pero no puedo hacer nada por ellos”.

Situaciones similares se están dando en otras partes del Sahel, una vasta región que abarca varios países de África occidental en la que las Naciones Unidas estiman que cerca del 80% de las tierras agrícolas están degradadas y las temperaturas están aumentando 1,5 veces más rápido que el promedio mundial. Las controversias entre pastores y agricultores por la disminución de los recursos naturales han aumentado en el último decenio.

La región es ahora escenario de una de las crisis de desplazamiento de más rápido crecimiento del mundo, con más de 850.000 personas que han huido de la violencia atravesando fronteras, a menudo escapando de un conflicto para encontrarse atrapadas en otro, y más de dos millones de personas desplazadas dentro de sus propios países, incluido más de un millón sólo en Burkina Faso.