Aprendiendo de las lecciones del ébola para proteger a los campamentos de Tanzania del coronavirus

La oficial de salud pública, Miata Tubee Johnson, usa su experiencia de combate contra el brote de ébola de 2013-2016 para combatir el COVID-19 en Tanzania.

Miata Tubee Johnson, oficial de salud pública del ACNUR.
© ACNUR/Winnie Itaeli Kweka

Cuando un brote de ébola acechó al Occidente de África hace cinco años, Miata Tubee Johnson, una ex refugiada de Liberia que ahora trabaja como oficial de salud pública con ACNUR, jugó un rol clave en la reducción de las muertes en su comunidad por el mortal virus, que cobró más de 10.000 vidas.


Ahora que se enfrenta al brote de COVID-19, ella está aplicando su conocimiento de la lucha contra virus para proteger a miles de refugiados vulnerables que viven en los campamentos en Tanzania.

“Lo último que queremos es un brote en el campamento”, dijo Miata, que pasa sus días entre su oficina y tres campamentos de refugiados en la región de Kigoma, en Tanzania.

Más de tres cuartos de los 25,9 millones de refugiados del mundo vive en países en desarrollo.

Para prevenir las muertes y el sufrimiento evitables, ACNUR, la Agencia de la ONU para los Refugiados, está priorizando los pasos para reducir los potenciales brotes de COVID-19, que significarían una impresionante presión para los ya frágiles servicios de salud locales.

“Lo último que queremos es un brote en el campamento”.

Con 24.500 refugiados viviendo en Tanzania, Miata trabaja incansablemente para implementar los pasos necesarios para prevenir un brote en los campamentos de refugiados y en las comunidades de acogida aledañas.

Posteriormente, ella entregará máquinas de rayos X digitales muy necesarias, las cuales fueron adquiridas gracias al financiamiento de los donantes, a un hospital distrital cercano que atiende a la comunidad de acogida. Las máquinas son muy útiles para el diagnóstico de COVID-19, ya que detectan daño pulmonar.

“Siempre trabajamos para fortalecer la capacidad de las instalaciones de salud locales cuando encontramos algún vacío. Es importante para la coexistencia de las comunidades refugiadas y de acogida”, añadió Miata.

Hasta el momento no se han reportado casos de coronavirus entre los refugiados que viven en Tanzania, la mayoría de los cuales son originarios de Burundi y la República Democrática del Congo.

Parte del objetivo del Miata es que las personas refugiadas estén incluidas en las actividades nacionales de vigilancia, preparación y respuesta.

“Si se llega a tener casos de COVID-19 en el campamento, estos serán referidos a las instalaciones de salud designadas por el Gobierno”, explicó ella.

Miata huyó de la guerra civil en Liberia en 1991 siendo aún una niña, y retornó con su familia ocho años después, asistió a la escuela y se graduó como enfermera. Dos años después, se inscribió en una maestría de salud pública. Posteriormente, ella aplicó a un trabajo como asociada de salud pública con la oficina del ACNUR en Liberia.

En 2014, con un año en su puesto, Liberia declaró estado de emergencia por el brote de ébola en la región. El pequeño país de África Occidental fue el más golpeado por el brote, con 4.809 muertes para el momento en el que se declaró el final del brote en 2016.

El trabajo de Miata involucraba asegurarse de que las personas refugiadas estuvieran bien informadas sobre cómo prevenir la transmisión del ébola. Asimismo, ella trabajaba con un equipo para convencer a los gobiernos de incluir a las personas refugiadas en los planes nacionales para la prevención del ébola.

“Mi experiencia en Liberia de hecho me preparó para donde estoy ahora”.

La respuesta para los refugiados en Tanzania es una de las que menos financiamiento recibe en la región, recibiendo únicamente el 25 por ciento de los fondos requeridos para el periodo 2019-2020. Los servicios básicos están severamente sobrecargados y no son capaces de satisfacer las necesidades de las personas refugiadas.

Mientras ella trabaja en Tanzania, su familia se encuentra en Liberia. Su trabajo es demandante, pero mantener contacto con su hija de ocho años la mantiene en pie.

“Vivir lejos de nuestros hogares es la naturaleza de nuestro trabajo como humanitarios, pero a veces los hijos necesitan la atención completa de sus padres”, dijo ella.

Miata, como muchos otros trabajadores humanitarios en todo el mundo, trabaja durante la crisis mundial para asegurarse de que las personas refugiadas reciban la asistencia vital.

“Recuerdo cuando vivíamos en el campamento de refugiados, me alegraba cuando mis padres volvían del puesto de distribución con alimentos. Ahora yo juego ese papel. Con o sin confinamiento, las personas refugiadas deberían recibir lo que necesitan”.

Reportajes adicionales por Linda Muriuki en Nairobi, Kenia